AGENDA PARROQUIAL

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viernes, 24 de agosto de 2012

Aquel quince de agosto...

Había oído hablar de ti. Me habían mostrado imágenes tuyas, me habían puesto las marchas y cantos que te dedican. Incluso me enseñaron por fotos dónde vivías. Había visto en vídeos el cariño que tu pueblo te profesaba y lo que significabas para él.

Fue grande la devoción que empecé a sentir hacia ti. Es lo que tiene venir de la Tierra de María Santísima, donde, si te hubieran dado la oportunidad, probablemente sería donde habrías escogido nacer. Pero viniste de Nazaret, y por tu generosidad quisiste estar en los corazones de todos tus hijos. Y Chucena no iba a ser menos. Viniste a habitar ese pequeño pueblo del Condado, y yo, un tiempo después de conocerte, decidí visitarte.

Y llegué allí. Era la primera vez que mis pies pisaban la tierra que gobiernas como alcaldesa perpetua. No sabía dónde encontrarte, no conocía el pueblo, pero sin duda tú me guiaste hasta la Plaza de la Iglesia, donde, pacientemente, esperaba tanto tu salida como la llegada de la persona que me acercó a ti. Era 15 de Agosto, y un júbilo que por desgracia no puede percibirse en la capital ambientaba las calles de tu pueblo. Un júbilo de un pueblo que quiere ver a su Virgen en la calle tras todo un año de espera para rezarle, pedirle fuerza y acordarse de los que ya no están.

En el recogimiento de la Iglesia cerrada, un grupo de personas te cantaban y te dedicaban vivas, esperando impacientes tu unión con ellos. Al fin, las puertas se abrieron. Al verte salir, toda la calle estallaba en aplausos emocionados que acompañaban los sones musicales de la Banda de Música y los cohetes que anunciaban que Tú, Estrella, un año más, volvías a la calle donde los vecinos te harían suya.

Caía el sol, y mientras me aclimataba al acogedor ambiente de fiesta, solo podía mirarte, rezarte, acordarme de mis mayores y de mis anhelos. La noche apareció con su velo de estrellas que se acercaron a acompañar a la Estrella mayor. Sin duda, estaba viviendo algo nuevo y único, digno de recordar y repetir.

Cuando subiste a la Cruz Chiquita, me diste el regalo por el que mereció la pena ir a verte. Tuve el privilegio y el honor de llevarte sobre mis hombros. Fueron unos momentos inolvidables, llenos de emoción, y en lo único en lo que pensaba era en mecerte con la delicadeza y la dulzura que Tú merecías. Intenté cumplir con esa responsabilidad como supe y pude.

Durante el resto de tu caminar, en el que el cansancio ya se hacía patente en mi cuerpo debido a mi inexperiencia, me ayudabas a seguirte hasta el final, porque, a veces, los sentimientos son capaces de mover un cuerpo.

Pero debía irme. Cuando llegaste al Ayuntamiento, ya llegando a la Iglesia, debía volver a casa. No pude verte entrar, y el recuerdo de haberte portado me invadió durante todo el camino de vuelta. Al bajar la Cuesta del Caracol, divisé la inmensidad de mi ciudad, que estaba siendo coronada por un Sol que se alzaba imponente. La gran Estrella, el Sol, me iluminó con su luz, y comprobé que, aunque acababas de llegar a tu casa, viste mi corazón y viniste a habitar en él. Una parte de Chucena me acompañó a Sevilla y se ha quedado conmigo. Y qué parte...

Y descubrí que nada tenía que ver lo que había visto anteriormente con lo que viví esa noche en la que un humilde sevillano fue a postrarse ante ti con lo poco que tenía.

El año que viene, volveré a Chucena para devolver esta parte que me he llevado gracias a ti, Estrella, y, si me lo permites, me la devolverás después, porque ya no puedo vivir sin ti.

Gracias por esta oportunidad, Madre.

Adrián Pérez. Un sevillano que se sintió chucenero.

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